Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 355 del 4 noviembre 2018 – Domingo 31 del tiempo ordinario (B)

Dios y el prójimo

En aquel tiempo un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. Respondió Jesús: “el primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que estos”. El letrado replicó: “Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas. (Mc 12, 28-34)

 

Este letrado, a diferencia de sus colegas que venían haciendo preguntas enrevesadas a Jesús para pillarle en alguna contradicción o error que le dejase en evidencia ante la gente,  parece que se acerca con buenas intenciones, impulsado por una inquietud que siente, él se pregunta sinceramente cómo es posible que Dios sea tan tiquis-miquis como quieren mostrarlo sus correligionarios y sea tan complicado servirle. Efectivamente, la religión se había vuelto tan insoportable que la ley contenía 248 prescripciones positivas (tantas como los huesos del cuerpo, según ellos) y 365 prohibiciones (tantas como los días del año): en total, 615 normas, algunas de ellas desesperantes, que no hacían más que asfixiar y ocultar lo que era importante.

El letrado de buena voluntad ha debido de pensar que tanto legalismo no ayuda a la gente y no puede complacer a Dios. Por eso, va a lo fundamental: ¿qué es lo importante, lo que agrada a Dios y libera a las personas?

Contrariamente a sus compañeros, que son más retorcidos, se fía de Jesús y le pregunta claramente a ver cuál es, entre toda esa retahíla de preceptos, el mandamiento principal. Recurre entonces Jesús a lo que su interlocutor ya sabía porque todos los judíos lo sabían de memoria y lo repetían constantemente: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Pero añade algo que estaba ya en el Antiguo Testamento, entre aquella hojarasca de preceptos, pero había quedado totalmente relegado: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La originalidad de Jesús estaba en enlazar los dos textos. Para él, no pueden separarse el amor a Dios y el amor al prójimo. Esa es la norma perfecta, la síntesis de la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la existencia.

El amor no es un precepto más entre muchos, perdido entre otros más o menos importantes. “Amar” es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Sin amor no se puede construir nada ni progresar. Incluso los mejores logros se derrumban cuando no se ama.

Al mismo tiempo, no es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidando a los que sufren. El amor a Dios que excluye al prójimo es una mentira. Si no amamos al prójimo, no amamos al Padre de todos.

Dios y el prójimo: ese es el punto de referencia del cristiano.

Ignacio Otaño SM