Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 347 del 9 de septiembre 2018 – Domingo 23 del tiempo ordinario (B)

La mirada amable

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effetá” (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. (Mc 7,31-37).

 

            Un anciano indio norteamericano decía: “Vosotros, los blancos, siempre estáis haciendo preguntas. Nunca os limitáis a observar y escuchar. Suele ser posible aprender todo lo que realmente importa saber solo observando y escuchando”.

            Preguntar continuamente sin hacer caso de la contestación, es como estar mudo y sordo. Mudo porque las muchas palabras sin interés por el retorno son un hablar vacío que trunca todo diálogo. Sordo porque no se es capaz de escuchar. Jesús habilita al sordomudo para el diálogo.

Dialogar exige a veces precisamente ese silencio de la palabra que, según el fundador de los marianistas, Guillermo José Chaminade (1761-1850), consiste en “no hablar más que cuando se quiere, y no quererlo más que cuando se debe”, no hablar por ligereza o indiscreción, de lo que después haya que arrepentirse por el mal que se ha causado. Por otra parte, la necesidad o la caridad pueden requerir el deber de hablar, incluso cuando la comodidad, el no quererse complicar la vida, el temor, etc. le inclinasen a uno a callar.

            René Voillaume (1905-2003), fundador de los Hermanitos de Jesús, señala que “algunas personas tendrán que vencer la dificultad para hablar y otras deberán reprimir las palabras que sobrepasan su pensamiento”.

El gesto de Jesús señala también algo que va unido a ser dueño de la propia palabra: saber escuchar, dejarse abrir los oídos, hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro, acercarse a él, comprenderle y acompañarle, aunque a veces tenga que ser solo como testigo atento, sin avasallar nunca.

 Es aplicable a todo tipo de relación lo que el Papa Francisco dice refiriéndose a los esposos: “Cada día, entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto… El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón” (“La alegría del amor”, nº 99).

Francisco habla de una “mirada amable” sobre el otro, todo lo contrario de una actitud negativa que solo destaca defectos y errores ajenos (nº 100).

Saber escuchar, por tanto, implica ver también el lado bueno de las personas. “Se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es solo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo” (nº 113).

                                               Ignacio Otaño SM