Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 332 del 27 de mayo de 2018 – Domingo de la Santísima Trinidad (B)

Dios es abrazo

En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mt 28, 16-20)

 

            En la película “Decálogo I” del director polaco Krzysztof Kieslowski hay una escena que constituye una parábola de cómo es Dios. Sucede en Varsovia en los años 80. Un niño de ocho años, de nombre Pavel y muy inteligente, jugaba a hacer cálculos complicados con el ordenador de su padre. Con él, en la misma habitación, estaba su tía. En un momento dado, el niño interrumpe su juego, se gira hacia ella y le pregunta: “¿Cómo es Dios?”.

            Su padre no le había hablado nunca de Dios; es un ingeniero ateo y su madre está muerta. Su tía lo mira en silencio, se le acerca, lo abraza, le besa los cabellos y, apretándole junto a su pecho, le susurra a sus oídos: “¿Cómo te sientes ahora?”. Pavel, que no quiere separarse de aquel abrazo, la mira y le responde: “Bien, me siento muy bien”. Y la tía le dice: “Mira, Pavel, Dios es así”.

            Dios es como un abrazo. Este es el sentido de la Trinidad. Dios no es en sí mismo soledad sino un continuo movimiento de amor. Es intercambio, superación de uno mismo, encuentro, abrazo. Esta es también la orientación que debe tomar la historia de los seres humanos: la de romper soledades, la de vivir junto a los otros, para los otros, la de ser donación para los demás. El amor recíproco es imprescindible porque ni siquiera Dios puede estar solo.

            Con este texto evangélico termina el evangelio de Mateo. Sus últimas palabras son, por una parte, de apertura hacia todos los pueblos, llamada a comunicarse, a no encerrarse ni guardarse la buena noticia. Por otra parte, sea cual sea la circunstancia en que se encuentren sus discípulos, pueden contar con la presencia de Jesús todos los días, hasta el fin del mundo.

            Si nunca se comunica la propia fe de una forma u otra, esa fe se puede difuminar o  apagar. Hay una historieta con el mensaje de la necesidad de comunicar aquello en lo que se cree. Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces, exigiendo el cambio de las costumbres. Pero, según pasaban  los días, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: “¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto a cambiar?”. “Sigo gritando – dijo el profeta – porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí”.

                                                                       Ignacio Otaño SM