Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 331 del 20 de mayo de 2018 – Pentecostés (B)

Un Espíritu activo hoy

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos; en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. (Jn 20, 19-23)

 

            Dice el teólogo dominico Martín Gelabert: “El Espíritu es siempre el mismo. Pero en cada uno se manifiesta de forma diferente. Porque el Espíritu Santo, al unirse a nuestro espíritu, se adapta a nuestro espíritu. El Espíritu Santo nunca anula a la persona, actúa a través de nuestra personalidad, de nuestras capacidades y de nuestra imaginación. En este sentido habría que decir que el Espíritu está continuamente evolucionando”.

            Esa flexibilidad del Espíritu permite seguir a Jesús en circunstancias y tiempos nuevos, recrear sin abandonar ni traicionar el mensaje de Jesús. La fidelidad al Espíritu hace posible vivir las actitudes fundamentales de Jesús en circunstancias y contextos siempre nuevos y distintos. Nos impide caer en el fundamentalismo anacrónico y en el falso moralismo inhumano.

            El Espíritu hoy es el mismo Espíritu que condujo a Jesús. En ese sentido nos “ata” a Jesús, no va a conducirnos por caminos contrarios a los que recorrió Jesús. Pero, al mismo tiempo, “nos ‘desata’ al abrirnos siempre a nuevas virtualidades de lo dicho y hecho por Jesús” (Julio Lois, 1935-2011).

            El Espíritu siempre actúa buscando el bien. Se hace presente en los  esfuerzos por una vida más humana en todos los sentidos. Actúa dentro y fuera de la Iglesia. Como sigue diciendo Martín Gelabert, el Espíritu “mueve a los cristianos que se comprometen para lograr una política más limpia y mueve a los políticos no cristianos que denuncian la corrupción. Mueve a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los laicos y laicas que animan ONGs en beneficio de los inmigrantes sin papeles y mueve a los no cristianos que reclaman leyes más en consonancia con la dignidad de todas las personas. Mueve al policía que ayuda a los náufragos y al fraile que les surte de mantas y alimentos. Mueve a la enfermera que, discretamente, sabe consolar, y a la maestra que dedica su tiempo libre a ayudar a un alumno con dificultades.

            La obra del Espíritu nunca es fácil; a veces parece muy lenta. Choca con el pecado y la limitación humana. Aun así, el Espíritu, de forma suave y callada, sigue introduciéndose por las más pequeñas rendijas, mantiene viva la llama de la inconformidad, produce novedades inesperadas”.

            La acción del aliento del Espíritu puede parecerse más al susurro de una brisa que al ímpetu de un huracán porque se da de ordinario en la normalidad de cada día. Como dice el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (1889-1951), “los aspectos de las cosas más importantes para nosotros están ocultos por su simplicidad y cotidianidad (se puede no contar con algo porque siempre está ante nuestros ojos)”.                                                      

Ignacio Otaño SM