Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 327 del 22 abril de 2018 – Cuarto domingo de Pascua (B)

Una voz familiar

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas: el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil: también a esas las tengo que traer; y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre”. (Jn 10,11-18)

             Los pastores del tiempo de Jesús dejaban por las noches sus rebaños en un corral común, con un guarda. Era la manera más fácil de proteger a las ovejas de los ataques de los lobos o de los ladrones. Al amanecer, antes de salir el sol, cada pastor recogía sus propios animales y los llevaba a pastar. Cada pastor ha visto nacer y crecer a sus propios corderillos y los conoce bien. Incluso tiene un nombre para cada uno. Las ovejas también reconocen el olor y la voz de su dueño y no siguen a otro. Cada pastor entra en el recinto y llama a las ovejas por su nombre. Una vez fuera, las cuenta y, cuando están todas, camina delante de ellas para conducirlas a pastar al campo, haciendo oír su voz para que no se pierdan. A un extraño, sin embargo, no le siguen. Le tienen miedo  y huyen de su presencia porque no están familiarizadas con su voz.

            El verdadero pastor se diferencia claramente de un asalariado. Este último trabaja por dinero y no le importa la suerte de las ovejas. Esto se ve cuando llegan los lobos hambrientos a atacar el rebaño. Mientras que, en este caso, el dueño de las ovejas arriesga su vida por defenderlas a ellas, el mercenario huye, pensando solo en salvarse a sí mismo. El buen pastor conoce a sus ovejas y es capaz de distinguir las suyas de las demás, conoce las necesidades concretas de cada una, sufre con ellas las inclemencias del tiempo y el cansancio de los desplazamientos, vela por su rebaño, lo protege de los enemigos que lo amenazan, cura a las ovejas enfermas, alimenta con solicitud a las preñadas, dedica una atención especial a las más débiles.

            Jesús, que revela con toda su persona cómo es el Padre, está empeñado en que quitemos de nuestra mente la idea de que Dios sea para nosotros un extraño del que hay que tener miedo y huir. Tampoco quiere que confundamos a Dios con el asalariado al que no le importa nuestra suerte.  Quiere, por el contrario, que nos familiaricemos con su voz porque, escuchándola y siguiéndola, iremos haciéndonos más humanos, nuestra vida tendrá la calidez de quien se siente permanentemente acogido.

            El pastor no excluye a nadie, tampoco al que oficialmente no pertenece a “los nuestros”. El buen pastor traerá a otras ovejas que no son de este redil. También ellas escucharán mi voz. Muchos la escuchan en su propia conciencia y la acogen en su vida de mil formas diferentes. Esa es la cuestión: escucharla y acogerla, familiarizarse con ella.

                                                                       Ignacio Otaño SM