Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio  326 del 15 de abril de 2018 – Tercer domingo de Pascua (B)

Aspirando a ser cristiano

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir del pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”.

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén”. (Lc 24,35-48)

 

            Existen dudas en los discípulos de Jesús. Se mezclan las certezas y las incertezas. Hay cosas que confirman la propia fe pero otras que hacen dudar. El testimonio fidedigno de los que habían experimentado la resurrección de Jesús debería dar seguridad absoluta. Pero al ser humano, limitado y también muchas veces escaldado de experiencias frustrantes, la presencia del resucitado produce sorpresa, miedo y cierta desconfianza: llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma.

            El gran creyente que fue el filósofo, matemático y físico francés Blas Pascal (1623-1662) llegaba a considerar “incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”.  El Papa Francisco afirma que “si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien”. Y añade: “Si uno tiene respuesta a todas las preguntas es prueba de que Dios no está con él”.

Un teólogo jesuita que tanto influyó en la dirección renovadora que tomó el Concilio Vaticano II, Karl Rahner (1904-1984), dejó escrito que lo de ser cristiano no es un “estado”, sino una meta, un ideal. Lo correcto no es decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”.

            Pero Jesús resucitado no quiere que una duda ansiosa atenace a sus discípulos y les impida vislumbrar esa acción de Dios en las realidades de cada día. Les muestra las manos y los pies para que confíen en que es Él, come con ellos para que se habitúen a distinguirlo en la normalidad de cada día, abre sus ojos para que sepan interpretar a la luz de la resurrección todos los padecimientos sufridos.

            El acento de Jesús en la confianza que tiene que suscitar su resurrección va precedido del saludo Paz a vosotros. La acogida al resucitado en nuestra vida empieza por tratar de poner en paz lo que en nuestro interior está en guerra: odios, envidias, injusticias, todo lo que produce destrucción y muerte. Con el corazón serenado será más fácil ahondar en el gozo de saber que mi amigo y maestro ha resucitado, y yo también estoy resucitando con Él.

                                                           Ignacio Otaño SM