Emailgelio

Un momento de reflexión...

Emailgelio 324  del 1 de abril de 2018 – Domingo de Resurrección (B)

Negarse a la injusticia

 

En aquel tiempo el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro: se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo: pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

            En el año 1966 el grupo de los Beatles se encontraba en su momento álgido de popularidad. El más mediático de sus componentes, John Lenon, llegó a afirmar que “los Beatles son más populares que Jesucristo”. Se disolvió el famoso conjunto y, cinco años después, uno de sus antiguos componentes, George Harrison, cantaba en inglés: “Mi dulce Señor, necesito realmente conocerte”.

            Conocer a Jesús permite entrar en otra dimensión del ser humano que no encontramos en ninguna ciencia y, sin embargo, anhelamos, aunque sea difusamente. Tener cubiertas las necesidades temporales no impide plantearse interrogantes vitales que necesitan al menos un camino de respuesta.

            Uno de esos interrogantes es la meta de nuestra vida. La muerte ¿es el final de todo? El filósofo y escritor Miguel de Unamuno (1864-1936), en medio de sus dudas agónicas, se rebelaba contra un final que fuese la nada: “No quiero, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí… Si nos está reservada la nada, vivamos de modo que esto sea una injusticia”.

            También el Premio Nobel de Literatura de 1957 Albert Camus consideraba que la muerte es una gran injusticia: “La muerte exalta la injusticia. Ella es el abuso supremo”.

            La resurrección de Jesús, que es garantía de nuestra resurrección,  desactiva esa tremenda injusticia. Como dice el teólogo  J. A. García, si se niega la existencia de Dios y su poder sobre la muerte, “¿qué sucede con tanto sufrimiento inocente, con tantas víctimas de la codicia humana o de las catástrofes naturales, que muchas veces no son tan ‘naturales’? ¿Es esa muerte injusta la última palabra sobre su vida? Y si lo es, ¿no cae todo – la vida, el amor, la historia… - en el abismo de la más absoluta oscuridad y sinsentido? ¿No hay algo en el ser humano que ‘se niega’ a que eso sea así? ¿Y por qué se niega: porque no acepta los límites de la existencia o porque su mente y su corazón están creacionalmente transidos de esa esperanza? ¿Soñamos a un Dios que sea así en virtud de nuestras necesidades o es que Dios nos ha soñado antes a nosotros, dejando impreso en nuestro ser un anhelo de Infinito, de ‘patria de la identidad’ definitiva y total?”.

                                                                       Ignacio Otaño SM