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Un momento de reflexión...

Sorpresas del amor

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”. Él lo despidió encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”.

Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes. (Mc 1, 40-45).

 

           Jesús prohíbe severamente la difusión del milagro que acaba de hacer. Hoy un buen comunicador o un buen publicista no incurrirían probablemente en ese error táctico. ¡Qué oportunidad perdida para hacer propaganda, subir en popularidad y “vender el producto”!

          El Papa Francisco suele insistir en que evangelizar no es hacer proselitismo sino “atraer” e “irradiar”. No es exhibir logros y éxitos fulgurantes sino un modo de estar en el mundo que se comparte en la vida diaria.

          Por eso, los evangelistas son reacios a llamar “portentos” o “prodigios” a los milagros. Prefieren llamarlos “fuerza” o “signo”. Son eso: fuerza para vivir y signo de la misericordia de Dios. Jesús no los hace para lucirse ante la gente ni en beneficio propio sino a favor de los demás, especialmente, de los pobres, enfermos y necesitados.

          Los milagros son “sorpresas del amor”, expresión de amor, no de poder. El centro de atención está puesto en las prácticas compasivas de Jesús para con los que están abatidos. Doce veces se dice en los evangelios que a Jesús “se le conmovieron las entrañas”.         

El leproso no ha podido cumplir ninguna de las indicaciones prescritas por la ley, pues tenía prohibido entrar en el templo, único lugar de purificación. Una constante de Jesús es que para él la persona es más importante que la ley. Al tocar al leproso, como a otros enfermos, lo libera de la exclusión. La llegada del Reino de Dios con Jesús supone otra manera de construir la vida: los impuros pueden ser tocados, los excluidos han de ser acogidos. No hay que mirar a los enfermos con miedo sino con compasión activa, como los mira Dios.

          Esa “compasión activa”  nos lleva a preguntarnos: ¿qué podemos hacer para que eso mismo ocurra hoy? ¿Cómo contribuir a que quienes nunca han sido reconocidos en su dignidad o quienes la han perdido la recuperen?

          Al mismo tiempo, hay que saber ver los “milagros” que se producen cada día, no como hechos portentosos sino como “signos” de la presencia cariñosa y salvadora de Dios. No se suspenden las leyes de la naturaleza pero, en medio de todas las circunstancias propias de la condición humana, la presencia cariñosa y salvadora de Dios está ahí. Hay que educar la mirada.

          La tentación de la popularidad a toda costa o la obsesión por quedar bien pueden oscurecer el fondo del mensaje. Jesús lo sabe y guarda sus distancias respecto al forofismo. No puede ni quiere alejar a nadie pero es cauto para no dejar que la Buena Noticia quede ahogada en el personalismo. Por eso, se quedaba fuera del pueblo, en descampado.

                                                           Ignacio Otaño SM