Emailgelio

Un momento de reflexión...

Espacio de crecimiento

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. (Lc 2, 22. 39-40).

 

Al presentarnos a Jesús en su familia, el evangelio nos invita a reflexionar sobre el sentido y el valor de esta última.

            Habitualmente la familia es un lugar de confianza: la familia es donde los hijos muestran más sus defectos, donde más se pelean, pero también donde muestran sus buenos sentimientos. Asimismo los padres y las madres manifiestan en la familia todas sus facetas (las más amables y las menos amables). En la familia saltan muchas veces las vallas de protección que ponemos delante de los otros para ocultarnos.

            La familia es también o debe ser lugar de respeto porque cada cual merece buen trato, cariño, ternura, paciencia. El respeto equilibra la autoridad común de los padres con la ternura del padre y la madre. Las dos cosas – autoridad y ternura – son imprescindibles en la educación de los hijos.

            La familia es lugar de intimidad, donde no se fuerza a nadie a saltársela. Lo que uno expresa en familia lo hace con naturalidad sin la tristeza de haber sido coaccionado a expresar algo que su pudor le aconsejaba no divulgar de cualquier manera.

            La familia es un lugar de perdón. Todos cometemos errores. Necesitamos, por tanto, perdonar y ser perdonados. La reconciliación es fundamental porque en la familia las heridas proceden de las personas más queridas (esposo, esposa, hijos, padres).

            La familia es un lugar de compartir. En casa se aprende a compartir cuando se enseña a mirar la necesidad del otro, no solo el ansia egoísta de uno. Participar activamente en todas las tareas que construyen la convivencia de cada día dentro de la familia y fuera de ella es hacer de la familia la extensión de la mano amorosa de Dios.

            La familia es un lugar de escucha. Sin convencionalismos y en caliente todos tienen o deben tener la oportunidad de ser escuchados y, al mismo tiempo, desarrollar la capacidad de escucha. Nada de lo mío deja indiferente al otro ni yo me quedo impasible cuando veo que el cónyuge, el padre o la madre, el hijo o la hija, el familiar cercano está pidiendo ser escuchado y no ninguneado.

            La familia es lugar de oración. La familia es donde se plantan las primeras semillas de la relación del niño con Dios y donde cada uno personalmente, en matrimonio y en familia, dirige la mirada a Él en alabanza, en súplica, en acción de gracias. Es bueno rezar con los hijos y situarnos junto a ellos como hermanos, para acudir al Padre de todos.

            El evangelio de hoy dice que el niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. Esa es la hermosa tarea que corresponde también hoy a la familia: ser lugar de crecimiento, espacio en el que todos contribuyen a que se manifieste la gracia de Dios.

                                                                      Ignacio Otaño SM